martes, 17 de julio de 2012

La Verdad Acerca del Descubrimiento de Machupicchu

Un hombre borrado de Machupicchu

Cuando Hiram Bingham llegó a la ciudad de los incas, en 1911, descubrió en una piedra un nombre que parecía una advertencia: «A. Lizárraga 1902». Nunca más se supo de él. Un cronista y un historiador buscan a los descendientes de este hombre cien años después y encuentran a uno de ellos viviendo a espaldas del Huayna Picchu. ¿Puede un desconocido cambiar la historia oficial del descubrimiento un siglo más tarde? Este es un adelanto del libro El último secreto de Machu Picchu.


por Sergio Vilela y José Carlos de la Puente - 17/07/2011 - 09:40


La mañana en que Hiram Bin- gham descubrió Machu Picchu pasó cinco horas frente a su hallazgo y luego se fue. Entonces deambuló el mismo tiempo que un turista se toma hoy para andar por allí. Registró unas cuantas imágenes con su Eastman Kodak y recorrió aquello que por entonces parecía sólo ser un enorme laberinto de muros de piedra y árboles caídos en medio de la maleza. El sitio no calzaba con la descripción de la mítica Vilcabamba, el último refugio de los incas, que el explorador había venido a buscar al Perú. Antes de marcharse de allí, sin adivinar aún la naturaleza de su descubrimiento, Bin-gham trazó un boceto impreciso del Templo de las Tres Ventanas -dibujó cuatro-, notó una inscripción en una de las paredes del templo y la apuntó en su diario. Alguien había escrito un nombre y una fecha en uno de los muros de roca porosa nueve años atrás. Un día después de haber llegado a la ciudadela, el 25 de julio de 1911, Bingham escribió en su diario «Agustín Lizárraga es el descubridor de Machu Picchu».


Sin razón aparente, un año después, mandó a borrar la inscripción de esa piedra. En 1922, en su libro Inca Land lo vuelve a citar. Pero más de tres décadas después, en su libro Lost City Of The Incas omite su nombre. Mientras él pasaría a la historia como el gran descubridor de Machu Picchu, del fantasma que había escrito su nombre en el Templo de las Tres Ventanas no se sabría casi nada. Hasta el día en que pusimos un aviso en un periódico.

"PERIODISTAS DE LIMA BUSCAN DESCENDIENTES DE PERSONAS QUE PARTICIPARON EN LA EXPEDICION DE HIRAM BIN- GHAM A MACHU PICCHU. PRESENTARSE EN EL CAFE AYLLU (PLAZA DE ARMAS), PREGUNTAR POR EL ENCARGADO DEL LOCAL. SABADO 15 DE DICIEMBRE, DE 10.30 AM A 12.00 PM".

Publicar un aviso en el diario El Sol del Cuzco fue el último recurso. Llevábamos meses tras la pista de Agustín Lizárraga y de otros personajes que acompañaron a Bin-gham y que él cita en sus libros. Había sido una búsqueda inútil en archivos y en bibliotecas. Por eso dejamos unos números telefónicos en el aviso del periódico, sabiendo que era improbable que tuviéramos alguna sorpresa. El viernes 14 de diciembre de 2007 apareció una mujer al otro lado del teléfono. Era la voz de una señora que no esperaba que alguien le pidiera contar su historia. Dijo llamarse Sonia Lizárraga y que podía vernos al día siguiente en el Café El Ayllu, frente a la Plaza de Armas del Cuzco. Nada hacía sospechar que esa llamada telefónica nos conduciría un día después a la espalda del Huayna Picchu, la montaña gemela que figura en todas las postales de la ciudad inca, y que allí encontraríamos una respuesta sobre el enigma A. Lizárraga.

***
Un anciano de barba fluvial, el sobrino nieto del hombre que llegó antes que Bingham a Machu Picchu, nos hace una señal para cruzar un río que es el único modo de llegar a él. Para aterrizar en su casa, hay que sobrevolar el Urubamba, a bordo de una frágil canastilla de fierro que se desliza por un cable de acero de unos 50 metros de longitud. La masa de agua ruge y arrastra piedras y ramas que arranca en su camino mientras avanza a gran velocidad.

Somos tres e intentaremos cruzar de uno en uno. El anciano quiere ayudarnos. Tiene en sus manos unas lianas de caucho que promete jalar para auxiliarnos si nos quedamos a medio camino, flotando como en un columpio sobre el río donde tiempo después, sin que él lo adivinara, moriría ahogada su mujer, que hoy lo acompaña. Dejaremos que la ligera inclinación del cable, sobre el que gira la polea de la que pende la canastilla metálica, nos ayude a aterrizar. Arriesgarse a caer 10 metros sobre un río embravecido y en medio de una lluvia torrencial, tiene sentido cuando sabes que quien te espera al otro lado se apellida Lizárraga y conoce la historia de esa inscripción.

A primera vista, Germán Echegaray Lizárraga no parece un campesino: parece un náufrago. Es un sobreviviente, un hombre de casi 90 años viviendo a la vuelta de un Machu Picchu que nadie ve, un lugar tan extraviado como la historia de su tío abuelo, A. Lizárraga, y donde no hay luz eléctrica y el agua potable es un acto de caridad. Dos perros no paran de ladrarnos cuando acabamos de aterrizar en su casa. El náufrago es un hombre menudo, de cabello blanco, largo y desordenado que camina apoyándose en una rama pulida que le sirve de bastón. Lleva puesto un suéter azul eléctrico, pantalones grises y un sombrero que ha resistido sol y lluvia. Cuando habla, levanta las cejas y sus ojos azulados se encienden como neones. Llegamos hasta aquí, guiados por su sobrino nieto, a quien conocimos luego de que su familia respondiera al aviso que publicamos en el periódico. El sobrino le habla en voz alta para que lo pueda oír. El náufrago vive en este lugar con su mujer y una de sus hijas. Su casa está hecha de una madera delgada, levantada en los escasos metros de tierra fértil que le ha arrancado al río, un claro entre el Urubamba y la espalda de la pirámide verde, que es el Huayna Picchu. La ley que rige el área le impide utilizar materiales más permanentes en un lugar que es Patrimonio Cultural y Natural de la Humanidad. Quienes viven aquí no tienen vecinos. Están solos en esta orilla.

Si los Echegaray Lizárraga necesitan comprar algo para preparar la cena, deben caminar no menos de media hora. Llegar al pueblo más cercano supone andar dos horas. En las paredes de su casa cuelgan una imagen de la Virgen y tres calendarios, uno de ellos de hace 10 años. Germán Echegaray Lizárraga es la única conexión viviente con la leyenda. ¿Por qué desapareció de la historia ese hombre que había dejado la inscripción allí más de una década antes de que la ciudadela de los incas fuera presentada al mundo en la edición de abril de 1913 de National Geographic? ¿Sería cierto el rumor de que Bingham no había encontrado grandes tesoros, porque los vecinos de la zona habían arrasado con los objetos más valiosos antes de su llegada? Echegaray Lizárraga había crecido oyendo la historia de cómo su tío había llegado hasta Machu Picchu.

-Mi familia se asentó aquí hace muchísimos años -dice el náufrago y nos hace pasar a su comedor que está casi al aire libre.

El árbol genealógico de los Lizárraga es intrincado. El abuelo del náufrago se llamaba Angel Mariano y era el hermano mayor del «A. Lizárraga 1902», borrado de la historia. El náufrago nos ofrece una taza de té y le pide a su hija que hierva el agua. Llegan luego platos con arroz y yuca para todos, un menú muy parecido al que probó Bin-gham cuando llegó a Machu Picchu. El náufrago cuenta que de niño su abuelo le narraba historias de su hermano mayor y de cuando el gringo Bingham llegó con sus expedicionarios y les ofreció trabajo para que lo ayudasen en las excavaciones. La mujer del náufrago nos contempla desde el otro lado de la mesa: se llama Nicasia Oré, es huraña y reservada y habla español con el acento de quienes tienen el quechua como primera lengua. Lleva trenzas y una gorra de algodón multicolor que la hace ver diminuta. En la primera mitad del siglo XX, los dos se instalaron en Incarracay y comenzaron a sembrar en las terrazas que se ven por la ventana de esta casa.

Su abuelo le narraba historias de su hermano mayor y de cuando llegó el gringo Bingham y les ofreció trabajo en las excavaciones.

Su mujer le alcanza una bolsa de plástico, de la que el náufrago empieza a extraer unos papeles.

***

A. Lizárraga era una especie de oficial de caminos, un cobrador de impuestos del Estado que tenía a su cargo todos los puentes desde el Cuzco hasta Quillabamba. "El era el encargado de mantenerlos -dice el náufrago-, porque los herrajes los desgastaban". A. Lizárraga se asentó al lado del puente San Miguel, recuerda el náufrago, mientras da un bocado de arroz con yuca, antes de contarnos qué le sucedió a su tío abuelo después de que Hiram Bin- gham pisara Machu Picchu. Era la historia de un accidente.

La mujer que respondió al aviso del periódico cumplió con llegar a la mañana siguiente al café El Ayllu. Sonia Lizárraga vestía un sastre negro y llegó del brazo de su hija, una estudiante de psicología. No estaban solas. Había dos miembros más de su familia. El primero, Carlos Enrique Lizárraga, el estudiante de Historia que acabaría por acompañarnos en un viaje de seis horas para conocer al pariente más antiguo que les quedaba. El mayor de todos los que fueron al café Ayllu, Rómulo Lizárraga, fue el último en hablar. Es un profesor universitario y guía de turistas, que recolecta datos sobre la biografía de su antepasado. ¿En qué momento su nombre fue borrado del muro del Templo de las Tres Ventanas y de los registros, si Bingham había tomado nota de él en su diario de viaje?

El guía sacó un cartapacio, lo abrió y exhibió una fotografía. Era la imagen de Agustín Lizárraga. El nombre de esa inscripción sobre la roca de Machu Picchu por fin tenía un rostro. En la imagen llevaba un traje y una corbata oscuros, sobre una camisa blanca y un sombrero ligeramente caído de lado. Tenía un bigote fino y angosto, recortado al tamaño de la boca. Sus ojos se veían tan achinados que parecía haberlos cerrado, como para evitar que una ráfaga de luz le cayera en el rostro. Era un hombre de tez clara, si se la compara con la de los primeros habitantes de Machu Picchu. Parecía un cuzqueño de clase media de principios de siglo XX, que bien podría haber pasado por un notario y que poco tenía que ver con la imagen de campesino que hasta entonces era más acorde con su historia.

-Lo que pido al gobierno es simple -dijo Rómulo Lizárraga-. Que pongan una placa en Machu Picchu y se reconozca de una vez que mi abuelo, con otros agricultores fueron los primeros en llegar.

***


El día que escribió su nombre en Machu Picchu, Agustín Lizárraga no había subido solo. Fueron con él dos lugareños, llamados Gavino Sánchez y Enrique Palma, aunque ellos no dejaron su nombre grabado en ninguna piedra y sus descendientes por ahora no reclaman nada. Carlos Enrique Lizárraga, el joven estudiante de Historia, ha revisado los libros de actas del municipio de Machu Picchu. Así se enteró de que Agustín Lizárraga, quizá por ser el hombre más preparado de la zona, fue designado cobrador de impuestos por el Ministerio de Transportes. La ruta se había vuelto muy transitada, porque estaban construyendo las vías ferroviarias. Viajar a Lima tomaba entonces varios días. Los diarios llegaban desde la capital del Perú con una semana de retraso. En ese mundo, Agustín Lizárraga conocía bien a todos los que pasaban por la zona que él cuidaba. Recibía noticias de los arrieros y de los hacendados y campesinos locales. Quién sabe si así se enteraría de que, a dos horas del lugar donde él vivía, había construcciones incas de dimensiones colosales.

Según contó el guía de turistas, A. Lizárraga le habría dejado a su viuda dos cajones de "tesoros antiguos" que había recolectado en Machu Picchu: objetos de piedra, ruecas, cucharas, estatuillas de metal. Anciana y muy enferma, la señora se lo habría revelado a su confesor, el cura de la iglesia de Santa Clara en el Cuzco. El sacerdote la habría reprendido por estar conviviendo con los «gentiles», aconsejándole que llevara las cajas al convento para asegurarse un espacio en el cielo. A cambio, le habría ofrecido escribir su nombre en el altar mayor del templo: «En gratitud a doña Rosa Lizárraga».

-Pero el nombre lo han borrado -dijo Rómulo Lizárraga.

Eliminaba así otra de las posibles huellas del paso de su familia por la historia.

***

Al día siguiente del encuentro en El Ayllu, Germán Echegaray nos cuenta la historia de un accidente. Lo dice sin dramatismos: la tarde del 11 de febrero de 1912, Agustín Lizárraga cayó al río Urubamba. Dicen que intentaba cruzar un puente de caña colocado entre dos rocas y que le permitía llegar a una isla en medio del río donde tenía una plantación de maíz. Lo acompañaba un niño, quien dio la voz de alarma. Lizárraga era un excelente trepador y caminaba entre las rocas con confianza. Pero aquella vez perdió el equilibrio.

Una historia parecida nos había contado Rómulo Lizárraga en El Ayllu. La leyenda familiar dice que Agustín Lizárraga había sido contratado por Bingham para que trabajara en las excavaciones cuando el explorador regresó a limpiar el sitio. Lizárraga tenía una gran habilidad física y bastante conocimiento de la zona. Llevaban trabajando en lo alto de la montaña varios días. Estaban dedicados a recuperar la andenería y los recintos. Como el campamento base estaba abajo, al lado del río Urubamba, cada vez que había que traer pertrechos o herramientas, un par de miembros del equipo de cuzqueños debía encargarse de la tarea. Tenían que bajar durante dos horas y luego volver a subir con un nuevo cargamento de herramientas.

-Ese día, el gringo le había pedido al tío que baje a Mandorpampa para recoger provisiones. Pero en realidad, le había preparado un viaje feo -nos dijo Rómulo-. Digamos que una trampa.

Cuando le preguntamos sobre el presunto asesinato, el náufrago no parece muy convencido. Germán Echegaray baja la voz y admite haber escuchado el rumor entre su familia de que Bingham quiso deshacerse del tío abuelo.

Para el guía de turistas, Bingham le habría encomendado a Agustín Lizárraga una misión que lo pondría en riesgo. No sólo debía bajar por los encargos a una hora en que la luz empezaba a decaer, sino que Bingham lo había mandado solo, cuando por lo regular esas tareas se emprendían en dúo.

-Tuvo que cruzar a una hora en que la corriente estaba muy fuerte -dice-. Perdió el equilibro, porque el puente se soltó cuando él pasó por ahí. Y en ese momento se cayó al río. Lo único que se sabe es que A. Lizárraga fue arrastrado por la corriente y desapareció. Nunca pudieron encontrar su cuerpo. Al otro día, cuando fueron a ver qué había pasado con él, encontraron algo extraño. Cuando un puente se viene abajo, se supone que las cuerdas se deshilachan. En este caso estaban rotas como si hubieran sido cortadas por alguien.

El guía de turistas da por confirmada así su teoría del asesinato.

Es para él la explicación de por qué A. Lizárraga desapareció de la historia oficial de Machu Picchu.

Pero ni el asesinato ni la conspiración parecen posibles. Ahora que Germán Echegaray Lizárraga lo cuenta, mientras su loro interrumpe el relato con chillidos, no es más que una insinuación novelesca. La sensatez del anciano no le permite culpar a Bingham de ningún cargo. Un profesor de apellido Cossío, quien viajó en su propia expedición a Machu Picchu siete meses después que lo hiciera Bingham, describe así lo sucedido: "Antier 11 de febrero hemos tenido la desgracia de perderlo a nuestro guía y compañero de excursión don Agustín Lizárraga. Iba muerto ahogado en el brazo del río que corre cerca de San Miguel, pasando el puentecito peligroso para ir á ver su chacra. Según me cuentan cayó de medio puente, y como iba sólo acompañado de un niño, no se le pudo auxiliar". Por lo demás, es simple constatar que, en febrero de 1912 (fecha de la muerte de Lizárraga), Hiram Bingham estuvo en New Heaven, en la Universidad de Yale, preparándose para volver al Perú en su segunda expedición a Machu Picchu.

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